| Domingo XXII ToC 29-08-2010 |
| Lunes, 30 de Agosto de 2010 09:54 |
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MeditaciónEl núcleo del Evangelio es el precepto del amor. Si hubiera que resumir todo lo revelado por Jesucristo en una sola palabra, esa palabra sería el amor. Cuando decimos “amor” no estamos hablando de un concepto intelectual, pues en este caso quedarían excluidos los sencillos, mientras, en realidad, es al revés: “Has ocultado estas cosas a los sabios e inteligentes y las has revelado a la gente sencilla” (Mt 11,25). Cuando decimos que Jesús nos reveló el amor estamos hablando de una vida nueva, de la vida misma de Dios infundida en nosotros. Esta vida divina tiene su propio dinamismo, y ese dinamismo es el amor.
El amor verdadero consiste en procurar el bien de los demás. Dios es el Bien infinito y no puede procurar para sí algún bien que no posea. Por eso su actuación no puede tener otra motivación que comunicar su bondad a los demás, no puede tener otra motivación que el amor. Él es Amor y nosotros tenemos comunión con Él cuando amamos.
Teniendo esto en mente podemos entender las recomendaciones que hace Jesús en el Evangelio de hoy. El que ama deseará siempre que los demás ocupen los primeros puestos en los banquetes y él ocupará el último. Pero, en realidad, el mismo hecho de amar lo pone en el primer lugar, pues lo pone al nivel de Dios. Esto quiere decir la invitación: “Amigo, sube más arriba”.
El que ama da un banquete con el único fin de hacer el bien a los demás y no con intención de obligar a los demás a retribuir. Por eso el que ama invita a “pobres, lisiados, cojos y ciegos”. Así no hay ningún secreto interés propio, pues ellos “no te pueden corresponder”. Sin embargo, Jesús asegura: “Serás dichoso, pues se te recompensará en la resurrección de los justos”. ¿Espera, entonces, recompensa? No. La recompensa de haber amado en la tierra es el mismo amor, pues en la resurrección de los justos no encontraremos más que amor. Sólo el amor es eterno. No se puede esperar nada mejor, pues Dios es Amor.
Las recomendaciones de Jesús –ocupar el último lugar, invitar a pobres, cojos y ciegos- son una aplicación concreta del amor, que él nos reveló en su grado máximo: “En esto hemos conocido lo que es el amor: en que él dio su vida por nosotros” (1Jn 3,16). Tengamos en cuenta la conclusión del apóstol: “También nosotros debemos dar la vida por los hermanos” (Ibid.), es decir, debemos aspirar a ese mismo grado de amor.
Felipe Bacarreza Rodríguez, Obispo de Los Ángeles, Chile |